No había mucha gente en el parque. Era cerca del mediodía, hacía calor y el aire se sentía húmedo y pesado. Alberto, sentado en una banca, centró su atención en el hombre que estaba llamando a su perro. Era un animal enorme de color gris oscuro, pelo corto y brillante, dos largas orejas puntiagudas, ojos intensos de color acero y un hocico fuerte y macizo coronado con unos colmillos que parecían perfectamente diseñados para triturar huesos y desgarrar cualquier tipo de carne, ya sea cocida o... cruda. Parecía una mezcla monstruosa de gran danés con bóxer. A su natural y desbordada imaginación, le pareció que aquel animal era uno de esos perros que algunas personas solitarias se llevan con ellos como la mejor compañía posible de conseguir para una casa muy grande y apartada. Se dijo que el tipo era un buen hombre pero que carecía de voluntad y personalidad suficientes como para que un animal de ese tamaño se sintiera motivado a seguir sus instrucciones o, por último, a hacerle cas...